Avantage nació acompañando tesis. No por elegir un nicho de mercado, sino porque veíamos la misma escena una y otra vez: personas capaces, con temas valiosos, atascadas durante meses en decisiones metodológicas que nadie les había explicado. El problema no era la falta de esfuerzo; era la falta de método.
Con el tiempo notamos que el patrón no era exclusivo del mundo académico. Una empresa que no sabe si su producto tiene demanda y una institución que no puede demostrar el impacto de su programa enfrentan el mismo vacío: quieren decidir y no tienen evidencia propia. Ahí el servicio se amplió a consultoría, desarrollo de software y marketing.
Lo que no cambió fue el punto de partida. Antes de proponer una solución preguntamos qué decisión hay que tomar y qué información falta para tomarla. Es una pregunta incómoda —a veces revela que el proyecto planteado no era el necesario— pero es la que evita gastar meses construyendo lo que no había que construir.